Homenaje al Sukong

Sep 18th, 2026 | By | Category: Charlas con el Maestro

 Parte 1

–Estoy muy contento de que puedan participar en la ceremonia en honor a nuestro Sukong, Wang Shu Jin –dijo el Maestro–. Era difícil que el maestro aceptara un nuevo discípulo en la escuela. En Taiwán estuve un año y tres meses esperando para ingresar y que aceptara enseñarme las artes marciales internas: Tai Chi, Pa Kua y Hsing-I.

Luego de la muerte de mi maestro, él se me apareció en un sueño y me dijo que tenía que salir de Taiwán; me pidió que fuera a la plaza y que allí tendría noticias. Al día siguiente fui a la plaza y una persona cercana me habló de Argentina. Fui el primero en venir a Occidente y el que más lejos viajó para presentar la escuela y enseñar el arte del Sukong.

Quiero felicitarlos a ustedes por aprender este arte marcial interno. Ya habrán leído sobre el maestro Wang: es alguien muy famoso en el mundo de las artes marciales y, sin embargo, siempre fue muy humilde. Un día, la Federación de Artes Marciales de Japón invitó a la Federación de Taiwán a enviar un representante para comparar la fuerza de los estilos de ambos países. Viendo que ningún maestro aceptaba el desafío, el maestro Wang dijo que él representaría a Taiwán.

Una vez en Japón, el Sukong hizo una demostración de Hsing-I. Los japoneses pensaron que no era un estilo fuerte y se preguntaban por qué lo habían enviado a él. Al escuchar esto, el maestro les dijo que cualquiera que quisiera podía probar su técnica, y terminó venciendo a todos los oponentes que lo desafiaron. Desde ese día se hizo muy famoso en Japón y fue reconocido por los medios de comunicación. Luego, su arte llegó a Europa, Estados Unidos y al resto del mundo. Por eso deben valorar la gran suerte que han tenido de poder entrenar el arte y la técnica del Sukong.

Siempre les he dicho que nuestro estilo no es para competir en torneos. Cuando estaba en Taiwán participamos en algunas competencias de otros estilos y los vencimos fácilmente. Ante esto, el maestro no nos envió más a competir, porque generaba descontento en los otros participantes. Aquí decidí directamente que nuestra escuela no participe en ningún torneo. Si uno gana, es fácil caer en la soberbia; por lo tanto, es mejor dedicarse únicamente a la práctica.

Cuando me preguntaban cómo se puede saber el nivel de uno si no se prueba en una competencia contra otras escuelas, o cómo saber si la técnica sirve, yo les respondía que no hacía falta. Si uno se vence a sí mismo, obtiene la mejor técnica. Esa es la mejor práctica: vencerse a uno mismo.

Ahora, nuestra amiga Begoña va a compartir unas palabras.

–Hola, buenos días a todos –dijo Begonia–. A algunos de ustedes ya los conozco; hace doce años estuve aquí y recuerdo a varios. Para mí este es un grupo muy especial, porque es un grupo reunido «bajo el árbol», cobijado por un maestro al que tal vez al principio no le entendían bien. Son un grupo que empatiza mucho de generación en generación; todo eso lo he podido ver durante estos años. Les pido perdón por haberme ausentado. Hoy regreso y el maestro me pidió que recordara cuando realizamos este acto hace doce años. Creo que él ya ha reiterado algunas palabras y no quiero repetirme, simplemente destacar lo que el maestro intenta transmitirles a todos a través de sus palabras, su forma de ser y su espíritu.

Eso que hace el maestro es algo diferente a lo que suele encontrarse en Taiwán. Allá hay mucha gente practicando Tai Chi en las plazas por las mañanas; sin embargo, no sé si esos grupos llegan a tener el espíritu de comunidad que tienen ustedes y el profundo respeto por su maestro. Ustedes escuchan, continúan la palabra del maestro y la practican. Me parece que en un mundo realista y pragmático esto no es fácil de lograr, especialmente para ustedes, que son argentinos y no conocen las costumbres orientales de origen. Podrían preguntarse: «¿Por qué tenemos que hacer esta reverencia o este saludo? ¿Por qué mostrar ese respeto a alguien que aún no conocemos bien?». Ese es, justamente, el espíritu de este arte: una disciplina que se transmite de generación en generación, de maestro a discípulo. Ustedes también intentan transmitir esta forma de ser y este espíritu a sus propios alumnos.

Los felicito por haber ingresado en un camino correcto, recto y espiritual. El maestro enfatiza que esto les va a hacer bien no solo en lo físico, sino también en el espíritu, porque una forma correcta y recta no los dejará desviarse en la vida. Estas no son palabras que el maestro me haya pedido que diga (risas), sino lo que siento desde el corazón. Me emociona verdaderamente ver a un grupo argentino así. Además, algunos son muy jóvenes y recién están empezando a practicar con el maestro. No es fácil, así que los felicito.

Creo que el maestro Wang es el maestro de su maestro, y es el reflejo de ese espíritu transmitido a través del tiempo. Imagino que ustedes tendrán mucho para compartir conmigo, ya que redactaré una nota sobre esto más adelante; quien quiera aportar sus vivencias, será con mucho gusto. Soy Begoña y trabajo en la Embajada de Taiwán. Vengo aquí y, a pesar de ser taiwanesa, conozco mucho menos que ustedes sobre Tai Chi. Al ver sus rostros y cómo siguen y ayudan al maestro, entiendo que no se trata de una cuestión de idioma, sino de comprensión profunda. Felicitaciones de nuevo y gracias por intentar conocer nuestra cultura y este arte del Tai Chi.

–Muchas gracias, Begoña –dijo el Maestro–. Me gustaría expresar muchas palabras, pero a veces me cuesta manifestarlas. Begoña habló muy bien y de manera muy completa, así que me ayudó mucho (risas). Es cierto que nosotros continuaremos con esta escuela para siempre. Hoy tenemos la suerte de contar con este maestro, esta escuela y su técnica, tan buena y reconocida en el mundo. Hay que seguir adelante y mantener una buena práctica.

Con esto finalizamos la ceremonia. Vamos a practicar.

Parte 2

Una vez terminada la práctica física, el Maestro dijo:

–Hoy vamos a aprovechar que vino gente que hace tiempo no venía para reencontrarse con el grupo. Hay personas que no han entrenado juntas antes, por lo que realizaremos una práctica especial. Pueden preguntar o indicar qué parte de la técnica quieren conocer más o cuál no conocían de forma completa. Marcelo vino desde Israel con cinco personas para conocer la escuela; son de la misma línea Cheng Ming. Vinieron con la idea de intercambiar experiencias. Marcelo, ¿en Israel hacen esta ceremonia?

–No todos los años.

–Esta foto del Sukong la tengo en mi consultorio –continuó el Maestro–. Todos los días la miro y le agradezco. Como les contaba recién, tuve que esperar un año y tres meses para entrar y practicar. Antes hacía karate. Un día escuché decir al maestro que si el arte marcial es circular, se vuelve muy fuerte. Esas palabras me quedaron muy grabadas. Empecé a averiguar con mis amigos dónde enseñaban técnica circular. Después de dos meses, un amigo me contó que en el parque de Taichung había un señor mayor y robusto enseñando Pa Kua. En ese momento yo no entendía bien qué era, pero me dijo que caminaban en círculo. «¡Ah, el círculo!», pensé. No fui más a karate, pero continué la práctica en mi casa.

Todos los días me acercaba a ver al grupo de práctica del Sukong. Como veía al maestro muy serio, le pregunté a un muchacho cómo podía hacer para participar. Él me dijo que el maestro no aceptaba a cualquiera fácilmente: primero debía conocer a la persona, ver que fuera de buena madera. Me recomendó esperar a que viniera otro señor que tenía más confianza con el maestro para que me presentara. Esperé seis meses y ese señor no apareció. Pasaron seis meses más y le volví a hablar a este muchacho; le dije que parecía que aquel señor no vendría más. Él me pidió un poco más de paciencia; si no aparecía en un tiempo, él mismo le hablaría al maestro dependiendo de cómo lo viera de ánimo.

Pasaron tres meses más y un domingo mi maestro estaba con una sonrisa y muy alegre. Ahí el muchacho le dijo que tenía un amigo que quería aprender con él. El maestro me miró y ya me reconoció; no sabía mi nombre, pero conocía mi cara. Me preguntó de qué trabajaba mi papá, cuántos hermanos tenía, qué hacía yo, si fumaba o tomaba alcohol… Le dije que no. «Bueno, entonces puede participar de la clase», me dijo el Sukong.

Un compañero comenzó a enseñarme. El Sukong entrenaba a las 3 de la mañana; de ahí en adelante yo llegaba a las 6 y el resto del grupo a las 7. Al llegar temprano, saludaba al maestro y él mismo empezó a enseñarme de manera directa. Primero me hacía caminar el círculo de Pa Kua: cuatrocientos pasos con una mano y cuatrocientos con la otra. Yo me puse como meta aguantar mil pasos para cada sentido. Caminaba hasta sentirme muy cansado; luego me sentía adormecido, pero continuaba hasta que la sensación cambiaba y sentía frescura. «Ah, otra sensación», pensaba. Seguía y aparecía otra sensación: calor. Así continuaba hasta completar los mil pasos y cambiar. Pude lograrlo desde los primeros días.

Otro día, luego de saludar al maestro, él se retiró al rato. Un compañero me dijo: «Buena práctica», y me comentó que el maestro solía ubicarse en distintos puntos del parque para observarme entrenar desde diferentes ángulos. Le agradecí el comentario y me sentí muy contento. Continué mi práctica diaria así, haciendo un mínimo de mil pasos. Por eso creo que tan solo tres años después el maestro me ofreció hacer el Pai Zu para convertirme en su discípulo formal. Me puso muy feliz. Yo no le había pedido nada, solo quería entrenar.

Por eso siempre les hablo de ser un «tonto de práctica»: practicar prestando atención. ¿Qué significa «tonto» en este contexto? Dedicarse únicamente a practicar, sin preguntar por qué ni discutir; simplemente entregarse a la práctica. Si el maestro dice que es así, lo hago: aceptar al 100 % y hacerlo con devoción. Esto ayuda enormemente a uno mismo. El maestro observa y la naturaleza ayuda, porque es algo sencillo.

Por eso, cuando vine a la Argentina, solo practicaba y practicaba; no pensaba en enseñar. Alguien me vio entrenar y se lo comentó al maestro Lin Chin Sung. Él me ofreció enseñar Tai Chi, Pa Kua y Hsing-I. Le dije que solo quería practicar, pero me insistió y a la tercera vez acepté. Enseñé durante un año en su escuela. Después compré mi casa a dos cuadras de allí y, cuando dejé de enseñar, los alumnos querían continuar conmigo. Les dije que no, pero dos semanas después me tocaron el timbre de mi casa —no sé cómo averiguaron la dirección— y me pidieron que les siguiera enseñando. Justo mi casa tenía un fondo de 15 metros por 8,66 de ancho donde antes funcionaba una fábrica, así que les dije que podía enseñarles ahí. Así empecé. No era mi intención original, pero los alumnos me insistieron. Igual continué con mi práctica personal para seguir creciendo. Los alumnos me ayudaron a aprender más cosas, y así llegamos hasta el día de hoy.

Aprovechamos la fecha para recordar esta historia. En realidad, el día conmemorativo es el 8 de septiembre, pero nosotros lo celebramos el sábado posterior más cercano. Hacemos esta ceremonia y recordamos. Pienso en la gran suerte que tuvimos de aprender con este gran maestro, el mejor de Taiwán; nadie podía vencerlo en artes marciales. Había periodistas que escuchaban sobre su gran técnica, le tocaban el timbre para entrevistarlo y él los echaba. Mi maestro usaba un uniforme parecido al mío, de color azul un poco más oscuro. Él era originario de China continental. Dos años antes de que Chiang Kai-shek perdiera la guerra civil, el maestro fue a Taiwán con la idea de enseñar taoísmo. Como no conocía a nadie, terminó enseñando artes marciales. Pensaba enseñar un tiempo y regresar a China, pero no fue posible porque el país quedó dividido bajo dos gobiernos. Tenía esposa y dos hijos en China a quienes no volvió a ver. Al quedarse solo, se dedicó por completo a la práctica, a enseñar el Tao y las artes marciales. Por eso les digo que tuvimos suerte. Nosotros tenemos que continuar y practicar su técnica para que perdure en el futuro.

Ahora vamos a aprovechar que cada uno de ustedes tiene diferentes niveles de práctica. ¿Qué técnica les gustaría conocer o qué ejercicio necesitan practicar? Me pueden preguntar (…)

Además, hay una palabra muy importante: esta técnica sirve para sanar el cuerpo y sanar la mente. Eso es lo más importante en nuestra vida. ¿Y cómo se sanan? Con los detalles pequeños y precisos. Se logra concentración, la mente se ocupa y no se vuelve complicada. Por eso, con esta práctica van a poder entender cómo realizar una buena práctica espiritual. ¿Cómo se logra? En cualquier religión, primero hay que escuchar la enseñanza y esta estimula. Pero si uno solo escucha y no practica, no sirve. Hay que hacer, ¿no?

Sin embargo, cuando uno quiere hacer, puede resultar difícil el control mental. El cuerpo quiere actuar, pero la mente no y piensa: «En otro momento», «Estoy muy cansado». Por eso tienen que entrenar con la mente. A mucha gente le cuesta ese control. Por eso tengo el curso donde enseño a potenciar la mente; allí practicamos directamente con ella. Ahora quiero que aprovechen para practicar Tai Chi y luego Pa Kua y Hsing-I. Con esa práctica podrán comprender mi forma de Chi Kong (Qigong). Cuando alguien alcanza un nivel alto en Chi Kong, se da cuenta de lo diferente que es nuestra forma respecto a otras escuelas. Mi estilo no es solo para cultivar energía, sino para comprender la naturaleza, cuidar la salud o emitir energía para sanar enfermedades. Es muy amplio.

Siempre les hablo de «uno para todo». ¿Qué significa? Control mental: la mente puede controlar, aprender y entender todo. Por eso nos enfocamos en la práctica en un punto, y desde ese detalle se comprende todo.

–Una pregunta, maestro –dijo Daniel–. Usted dijo que llegaba al parque de Taichung a las 6 y el resto del grupo a las 7 de la mañana. ¿Hasta qué hora duraba la clase?

–Hasta las 8:30. Dependía del trabajo de cada uno: algunos tenían que irse a las 8 y el que no trabajaba se quedaba hasta las 9 (risas). Pero era siempre temprano y todos los días, no solo los sábados o domingos. Allá las escuelas y los parques quedan abiertos; uno podía ingresar al estadio a hacer deporte o practicar Tai Chi. Como dijo Begoña, en cada parque o espacio libre la gente se pone a entrenar. Tienen otra costumbre y otra confianza: si ensucian, lo limpian ellos mismos.

Una cosa importante para ustedes: cuando uno deja algo en buenas condiciones para que más gente lo utilice, es una forma de práctica espiritual; amplía el corazón y la mente. Si les resulta fácil compartir con todos, significa que generan una buena afinidad con la gente. La práctica se realiza en todo momento, no es algo que sale acá y en otro lugar no; tienen que mantenerla todo el tiempo. Si van caminando, presten atención y vean en qué situación pueden ayudar. La mente debe estar pensando todo el tiempo en cómo servir. Eso es lo más importante.

En las escuelas de Taiwán les enseñan a los niños desde la primaria que lo más importante en la vida es el servicio que se le da a la gente. Apenas cruzan la puerta del colegio, saludan a las estatuas de los padres de la patria y limpian el aula entre todos. Por eso, lo principal que debe aprender la humanidad es a unirse como grupo.

Nosotros tenemos la Fundación Tzu Chi, que empezó en Taiwán y se extendió a todo el mundo, brindando ayuda en 199 países. Se envía ayuda desde Taiwán. Nosotros tenemos un comité para colaborar, aunque nunca es suficiente. Si ocurre un desastre, Taiwán envía auxilio económico y material; se han construido más de tres mil viviendas en varios países tras inundaciones o catástrofes. La gente se pregunta de dónde surge Tzu Chi: surge del amor. La gente que participa se llena de ese amor.

Hace un tiempo, un voluntario me preguntó por un amigo de Estados Unidos que era voluntario desde hacía ocho años pero se lo veía muy nervioso. Yo le expliqué que seguramente se sentía así porque, aunque ayudaba, lo hacía esperando algo a cambio. Así no funciona el voluntariado. Por eso les digo: «tonto de práctica», «tonto de dar». Piensen en un bidón de agua: al moverlo, el agua va y viene sola. El dinero y la economía son como el agua. Cuando uno participa más y más, las cosas vienen solas. Esto aplica no solo a la economía, sino también a lo espiritual. La salud y la vida en general cambian; cambia el destino.

Eso no significa que uno nunca se vaya a enfermar. Presten atención a esto: cada uno tiene su karma anterior y no se borra solo; hay que saldarlo. Si en esta vida hacen el bien, ayudan a saldarlo y a mejorar. En la siguiente vida tendrán un gran cambio. Tienen que comprender esto. Por eso les hablé del «para qué» de nuestra práctica. Los detalles pequeños sirven no solo para la salud, sino para muchas cosas. Si están bien concentrados, implementan el concepto de «tonto de práctica» y escuchan al maestro, obtendrán excelentes resultados: mente y cuerpo unidos al realizar cada ejercicio, acompañados naturalmente por la respiración. Parece fácil, pero lograr esa unión y ese control mental es difícil.

Por eso en cada clase conversamos sobre distintos temas e intento estimular a cada uno. Le pido a Andrés Coratella que traduzca mis escritos del chino al castellano para facilitar la comprensión de mis ideas. Gracias a Andrés, que todas las semanas realiza las traducciones para ustedes. Con cada ejemplo puedo explicar mejor para qué sirve cada práctica y cómo se relaciona todo. Nuestra práctica es sumamente importante; no es como ir a una iglesia o templo solo a rezar. Es necesaria la devoción al rezar, pero también hay que practicar. Si solo se practica la teoría, no se logra entender cómo funciona. La teoría sola no sirve si no se lleva a la acción.

Recién les dije que me preguntaran qué ejercicio necesitan. Aprovechen hoy. Por ejemplo, para el control mental.

En el consultorio he visto a mucha gente cuyos problemas y enfermedades tienen su origen en la mente; la mente genera problemas de salud. El control mental no es simplemente dejar la mente en blanco; estar siempre con la mente vacía es imposible en este mundo con tanto ruido y ocupaciones.

¿Cómo se puede mejorar entonces? Concentrándose en una sola cosa. Por ejemplo, si uno va a un baño y está ocupado, no puede entrar nadie más; lo mismo pasa con la mente (risas): si está ocupada en lo que está pensando, no entra otra cosa. Cuando uno logra esa concentración, aparece la verdadera inspiración y se comprenden las cosas. Si piensas enfocadamente en algo, aparece la solución. A veces, escuchando a otra persona, una sola palabra puede hacerte comprender, aunque no haya una relación directa con lo que querías resolver. Por eso es tan importante concentrarse en uno: no en dos, tres o cero cosas. Así se logra mayor estabilidad en la vida, más tranquilidad y más fe en uno mismo y en su camino. Se trata de aprender para vivir y saber cómo vivir mejor.

Vivir mejor no es solo comer mucho; no hay que llenarse tanto. Si uno se llena, se siente pesado. Hay que comer lo justo y necesario; así resulta más fácil concentrarse. Si uno no sana la mente, aunque coma alimentos de gran calidad, no le servirá de nada, porque todo funciona a través de la mente.

En China había un señor que solo comía cada cinco años. Utilizaba la mente para recordar el sabor de un melón o una manzana y comía mentalmente. Así lo pueden practicar ustedes. En la reunión de fin de año siempre me preguntan por qué elegí ser vegetariano. Les he contado que no es solo por la salud, sino por la mente: para no caer en la codicia de los alimentos con más gusto. Si uno no se enfoca solo en el sabor, la mente se vuelve más sencilla; y cuanto más sencilla es la mente, más cambios y consecuencias positivas trae. En general, la gente dice que es vegetariana para no matar animales o por salud, pero no es solo eso. Es pensar en «comer para vivir» y no «vivir para comer». Una sola palabra que cambie puede cambiarles la vida.

Vamos a terminar por hoy. Muchas gracias a todos.


Palabras del Maestro Chao Piao Sheng durante la clase del 12 de septiembre de 2026.
Prohibida su reproducción sin autorización del autor.
Desgrabación: Andrés Finkelstein

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